La salud es un estado completo de bienestar que todas las personas deben de
poseer para vivir con plenitud. Y sin duda, respirar es sentirse vivo.
Pero hay
casos donde las enfermedades golpean significativamente esta capacidad, como el
caso de la tuberculosis, una patología que afecta a un tercio de la población
mundial según cifras actuales de la Organización Mundial de al Salud (OMS).
Bajo este parteaguas, El Diario de Hoy conversó con el doctor
John Wilson, coordinador mundial de proyectos de salud de la Clínica Mayo,
quien visitó el país la semana pasada para compartir múltiples experiencias
sobre el tratamiento de este padecimiento respiratorio, su abordaje médico,
científico e investigativo, la creación de nuevos fármacos y como la educación
es fundamental para ejercer una lucha frontal al respecto.
La tuberculosis es una de las enfermedades más antiguas en la historia de
la humanidad. ¿Cómo ha evolucionado su abordaje médico-hospitalario al
respecto?
—Es interesante partir de la idea de que siempre se ha visto como una
enfermedad cargada de estigmas. Las personas que la han padecido lo hacen sin
una idea clara sobre lo que es y esto les causa temor. Pero lo más complicado
es que el especialista, por lo general un neumólogo, no logra dar un
diagnóstico certero porque la enfermedad avanza a ritmos diversos, ya que la
bacteria (Mycobacterium tuberculosis perfinges) es muy cambiante. Por eso hace
pocos años todavía se creía que era algo incurable.
Robert Kock, el famoso médico prusiano, prácticamente llegó a esa
conclusión luego de los múltiples cultivos del bacilo tuberculoso. ¿Se pueden
determinar de este modo procesos de curación?
— Hay una variante al respecto porque el bacilo, mientras más contacto
tiene con antibiótico adquiere una mayor capacidad de resistencia. Pero hay que
dejar claro que hoy no todas las personas infectadas con bacilos de
tuberculosis se enferman. El sistema inmunológico los mata o, en muchos casos,
los aísla, pudiendo mantenerse en estado latente durante años.
¿Y si no se da este proceso?
—Si el sistema inmunitario no logra controlar la infección, los bacilos de
Kock se multiplican, produciendo la forma activa de la enfermedad y dañando al
organismo en todo sentido. Si no recibe tratamiento, que aún sigue siendo de
antibióticos, cada persona con tuberculosis infecciosa transmitirá los
microorganismos patógenos a unas 10 a 15 personas cada año. Y esta es una cifra
que evoca mucha preocupación en cualquier país del mundo.
Según datos del Ministerio de Salud en El Salvador hay una cifra oficial de
1896 casos de personas con tuberculosis. ¿Qué opinión le merece el enfoque con
el que se aborda la problemática?
—Nosotros como Clínica Mayo hemos venido a apoyar de forma directa la
prevención y consideramos que en el país se han realizado esfuerzos
significativos hasta el momento. Pero lamentablemente todavía se tiene
porcentajes altos de mortalidad porque muchas personas no acuden a los centros
asistenciales y, cuando lo realizan la capacidad de respuesta del tratamiento
es baja porque la bacteria puede mutar y volverse insuceptible porque crea una
membrana celular más gruesa.
¿Hay mayor peligro en los niños y adolescentes?
—Lamentablemente, sí. Pero no solo se trata de una patología activa, sino
que además les puede afectar el cerebro. Asimismo, se ha certificado que hay
entre un 8 y 10 por ciento de riesgo de desarrollar tuberculosis a raíz de un
sistema inmunológico bajo, algo que en niños en edad escolar va en auge según
las ultimas investigaciones elaboradas por la OMS.
¿Los inmunosupresores son una alternativa paralela a los antibióticos?
—Definitivamente, pero no están exentos de efectos secundarios porque no
actúan de modo selectivo. Es como lo que sucede con la quimioterapia: termina
"contaminando" otros órganos. Por lo tanto, podemos ver pacientes con
hipertensión o problemas del hígado, por ejemplo.
¿Se pueden calificar de satisfactorios los avances farmacéuticos que luchan
contra los bacilos?
—Desconozco detalles puntuales de cómo está renovándose la industria de los
antibióticos. Pero es evidente que se quieren desarrollar tratamientos con
múltiples tipos de sustancia químicas que duran un máximo de seis meses, tiempo
prudencial para destruir los bacilos. Esta sería una gran satisfacción.
Pero no hay que obviar los tratamientos profilácticos...
— Exacto. La
tuberculosis es curable con diagnóstico temprano y prevención. Solo así las
personas pueden evitar altas ingestas de drogas, más en países donde las
condiciones sanitarias son cambiantes.
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